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Módulo 14 · La vida emocional de tu hijo o hija

Cuando tu peque te echa la culpa

By the dip team · Clinical consultant: Pauline Sam, MD ·

Todas las edades13 min de lectura
Cuando tu peque te echa la culpa

Versión en inglés · traducción en preparación

Este artículo aún está en inglés. La traducción al español está en preparación.

Cuando tu peque te echa la culpa

Módulo 14 · La vida emocional de tu hijo · Artículo 05 · Wave 2 · todas las edades


Un viernes en la noche. Le acabas de decir a tu peque de once años que el plan de vacaciones del próximo mes cambió, porque el viaje de trabajo de su papá se movió y el único fin de semana en que les queda a los dos es justo el que tu peque tenía pensado pasar en casa con sus amigos. Lo explicaste con calma. Esperabas algo de resistencia.

Lo que recibiste fue: esto es tu culpa. Por ti todo está así. Si no hubieras dejado a mi papá, nada de esto estaría pasando.

Se fue a su cuarto. La puerta no se azotó, pero quedó bien cerrada. Tú sigues parado en la cocina con el folleto de las vacaciones todavía en la mano. Sientes la cara caliente.

Puedes sentir varias respuestas llegando al mismo tiempo. La defensa. El dolor. Las ganas de subir tras de tu peque y explicarle. Las ganas de dejar el folleto y ponerte a llorar. La versión de ti que quiere llamarle a su papá para quejarse. La versión de ti que quiere disculparse por algo por lo que no crees que debas disculparte.

Este es el artículo sobre ese momento en la cocina. Sobre el peque que te apuntó su dolor a ti, sobre por qué este es uno de los momentos más difíciles de criar desde dos casas, y sobre cómo responder de una manera que no los lastime a ninguno de los dos a la larga.

Por qué la culpa cae sobre uno de los dos

Un peque cuyos papás se separaron, en algún momento, casi siempre intenta encontrarle una causa a todo. La causa tiene que caer en algún lado. Rara vez cae parejo sobre las dos casas.

En la mayoría de las familias separadas, alguno de los dos termina cargando con más de la culpa visible, sobre todo con uno o varios de los hijos. Cuál de los dos depende de una mezcla de factores, casi todos poco halagadores y casi ninguno realmente relacionado con quién hizo qué.

Quien tomó la decisión de separarse suele recibir más culpa. Los hijos alcanzan a darse cuenta, aunque nadie se los diga de frente, de cuál de los dos se fue. Irse, en lo físico, en lo emocional, en lo legal, es lo que se ve. Irse cae como la causa, aun cuando irse haya sido lo correcto, o lo único que se podía hacer, o una respuesta a algo que hizo la otra casa.

El papá o la mamá con quien el peque pasa más tiempo suele recibir más culpa. El que está disponible es al que se le puede apuntar. Cuando en la otra casa solo lo ven los fines de semana, ahí la culpa suele llegar más suavecita, porque el peque no tiene acceso suficiente como para dirigir un enojo sostenido hacia allá.

Quien está más en calma suele recibir más culpa. Suena al revés, pero es cierto. Un peque que intuye que le puede gritar a uno de sus papás sin que ese papá se derrumbe va a dirigir más gritos hacia ese papá. Con el que se ve más frágil, lo manejan con más cuidado. Al que está más estable le toca toda la descarga.

Quien menos cambió su forma de vivir suele recibir más culpa. Quien se quedó en la casa de siempre, mantuvo las rutinas, sostuvo la estructura, puede acabar siendo a quien el peque le echa la culpa de cómo se siente toda la separación. Quien se fue, empezó de nuevo, tiene una nueva pareja, de alguna manera es quien hizo algo nuevo, mientras que quien se quedó queda ligado a la pérdida de lo que había.

A veces la culpa viene de parte de la otra casa. Si en la otra casa, enfrente del peque, dejaron ver que la separación fue culpa tuya, ya le sembraron una historia. El peque está repitiendo esa historia. Esto es más difícil de atender, porque la fuente está más arriba, antes de llegar al peque.

Puede que seas tú a quien le echan la culpa por una de estas razones, por varias, o por todas a la vez. Las razones no cambian lo que hay que hacer. Solo cambian cuánto vas a tener que sostener sin tomártelo personal.

Lo que en realidad te están diciendo

El peque de once años que grita esto es tu culpa no está, en la mayoría de los casos, dictando un veredicto forense sobre la separación. Está haciendo otra cosa.

Está apuntando su dolor hacia algún lado. El dolor a veces necesita un blanco. El blanco tiene que estar disponible, y tú lo estás. No necesariamente eres el blanco porque el dolor sea contigo. Eres el blanco porque ahí estás.

Está probando si puedes sostenerlo. La culpa es, en parte, una prueba. ¿Mi papá puede escuchar que yo creo que esto es su culpa, sin venirse abajo ni gritarme de vuelta? Si lo sostienes, tu peque aprende: mi enojo no rompe a mi papá. Si no lo sostienes, aprende lo contrario, y el enojo se hace más grande o se va para adentro.

Está protestando por una pérdida concreta. Hoy cambió el plan de vacaciones. Esa pérdida concreta es el detonante. Esto es tu culpa es una versión generalizada de estoy enojado por esta cosa que me está pasando justo ahora. La forma grande de la separación se le pega a la forma chiquita y concreta de mis planes del fin de semana.

Está expresando su cariño por la otra casa. A veces el peque le echa la culpa al papá que tiene enfrente como una manera de ser leal con la otra casa. Por ti está muy cerca, en el fondo, de mi papá no tiene la culpa. El peque está, a su modo, defendiendo su relación con la otra casa. Esto es propio de su edad, aunque duela.

Está procesando lo injusto de su situación. A los hijos de familias separadas, en muchos detalles pequeños, les tocan circunstancias más difíciles que a los hijos de familias que no se separaron. La culpa a veces es una protesta por esa injusticia, apuntada hacia el adulto que tiene más a la mano.

La culpa rara vez es un veredicto. Casi siempre es un sentimiento expresado en forma de veredicto.

Cuáles son las respuestas equivocadas

Un recorrido breve por las jugadas que empeoran este momento.

Defenderte con los hechos. La verdad, tu papá se fue, no yo. La verdad, tu papá estuvo de acuerdo con este plan de vacaciones. La verdad, yo intenté mantener a la familia junta más tiempo que tu papá. Puede que todos los hechos sean ciertos. No ayudan. Tu peque está sintiendo algo, y ese sentimiento no se va a disipar con tu historial de los hechos. La defensa suena, para el peque, a que el papá hace que el momento gire alrededor de él. El momento era sobre el dolor del peque. Ahora es sobre de quién es la culpa. Y el peque pierde el acceso al sentimiento original.

Hablar mal de la otra casa. Pues si quieres hablar de quién tiene la culpa, déjame contarte unas cuantas cosas de tu papá. Esta es una de las respuestas más dañinas que hay. El peque te apuntó algo a ti; tú respondiste apuntándole algo a la otra casa. El peque o se repliega (hiciste la conversación peor que el dolor original) o se queda con la información nueva (lo cual daña su relación con la otra casa sin resolver nada).

Venirte abajo. Llorar enfrente del peque. Decir no puedo hablar de esto ahorita. Encerrarte en tu propio dolor a la vista de todos. Esto le comunica que la culpa que dijo sí causó daño, de hecho. El peque archiva: mi enojo rompió a mi papá. Y en alguna parte de sí mismo nunca se va a perdonar del todo por eso, y de ahí en adelante va a ser más cuidadoso contigo, que es justo lo contrario de lo que quieres.

Disculparte por todo. Tienes razón. Perdóname. Todo esto es mi culpa. Disculparse de más puede sentirse como hacerse responsable. No lo es. Es venirse abajo disfrazado de humildad. El peque archiva que el papá le dio la razón en que él tenía la culpa, lo cual le genera culpa al peque (tenía razón, y eso no se siente tan rico como pensaba) y le deja una versión de ti en la cabeza como el papá malo, que después carga hacia adelante.

Castigarlo por la culpa que te echó. No me hables así. Vete a tu cuarto. La respuesta de disciplina trata la culpa como una mala conducta, y no lo es. Es dolor. Castigar el dolor le instala la lección de que el dolor hay que esconderlo, en especial el dolor dirigido al papá.

Llamarle a la otra casa para que te respalde. No mandes un mensaje tipo acaba de decir que la separación fue mi culpa, ¿tú le dijiste eso?. El mensaje se lee como triangulación para la otra casa. La conversación que viene después ensancha el conflicto. Y el momento concreto de dolor del peque queda enterrado bajo el cruce de palabras entre adultos.

Cuál es la respuesta correcta

Lo que sí haces, en cambio, en la cocina con el folleto todavía en la mano.

No subas tras de tu peque. No por unos minutos. Te apuntó algo. Necesita un momento para que lo que apuntó se asiente. Tú necesitas un momento para recuperarte. El primer impulso, atenderlo de inmediato, no es el bueno. Atiéndelo cuando ya haya bajado el calor.

Quédate un momento con lo que sentiste. El dolor, el impulso de defenderte, la versión de ti que quería llorar. Date cuenta de que están ahí. No actúes desde ahí. Son información sobre cómo te cayó el momento a ti, no sobre qué hacer después.

Decide qué quieres que sea el siguiente momento. Quieres comunicar tres cosas, cuando subas: te escuché, no me estoy viniendo abajo, te quiero. Nada de eso pide corregir el historial de los hechos. Nada de eso pide disculparte por cosas que no hiciste. Nada de eso pide defenderte.

Sube después de cinco o diez minutos. Toca la puerta. Espera. Si te dice que te vayas, le dices está bien, voy a estar abajo por si quieres platicar. Si te dice que pases, pasas.

Siéntate en la orilla de la cama. No te le impongas. No discutas. No actúes para él. Di algo cercano a esto:

Estuvo difícil. Ya sé que estás enojado. Te entiendo. Que cambie el plan de vacaciones es una pérdida de verdad, y traes un montón de sentimientos con todos los cambios. Aquí estoy para platicar si quieres platicar. Te quiero, y eso no cambia cuando estás enojado conmigo.

Dicho bajito. Corto. Y luego te quedas o te vas, según lo que quiera.

No respondes a la frase de esto es tu culpa. No le das la razón. Tampoco se la quitas. Solo la sostienes en el cuarto sin pestañear, y le ofreces el marco más grande: tienes permiso de estar enojado, y yo no me voy a ningún lado.

Lo que esto le enseña al peque, con el tiempo

La experiencia repetida de poder echarle la culpa a un papá y que ese papá reciba la culpa sin venirse abajo ni desquitarse es una de las enseñanzas más duraderas de una infancia con papás separados, cuando se hace bien.

El peque aprende:

  • Que el enojo dirigido a una persona querida no acaba con el cariño
  • Que el adulto puede sostener sentimientos difíciles sin romperse
  • Que tiene permiso de tener sentimientos que no son justos
  • Que su vida interior es más grande que lo que se siente justo, y que eso está bien
  • Que la relación es resistente

No son lecciones pequeñas. Hasta la adultez, van a darle forma a cómo el peque maneje sus propios conflictos, su propio enojo, sus propias relaciones íntimas. La casa que sabe sostener bien el momento de esto es tu culpa es la casa que está construyendo el modelo que el peque va a llevar al resto de su vida.

Cuando la culpa es un patrón

La mayoría de los peques sueltan un momento de culpa de vez en cuando. Algunos lo hacen más seguido. Los patrones a los que hay que poner atención:

  • Culpa dirigida al papá que es frecuente (más de una vez por semana, sostenida durante meses)
  • Culpa que viene con desprecio, no solo con enojo
  • Culpa que incluye cosas que claramente alguien más le dijo al peque (ecos del lenguaje que usan en la otra casa)
  • Culpa combinada con rechazo hacia el papá: querer pasar menos tiempo contigo, no aceptar el cariño, alejarse de manera sostenida
  • Culpa que ya empezó a tomar la forma de una historia que el peque se cuenta a sí mismo sobre ti (tú eres de las personas que..., tú siempre...)

Cuando estos patrones se asientan, el trabajo cambia. El papel de la otra casa en todo esto importa. El Módulo 17 (Cuando el papá o la mamá de tu peque no está bien) trata las situaciones en que en la otra casa, de manera directa o indirecta, están produciendo la culpa en el peque. El Módulo 09 (Mediación y ayuda externa) trata cuándo conviene sumar apoyo de un tercero.

El patrón que algunos clínicos llaman alineación en contra de uno de los papás es uno de los que más atención clínica reciben en las familias separadas. Detectarlo a tiempo, con el apoyo correcto, cambia los resultados. Este artículo no trata del diagnóstico; trata de saber notarlo.

Una nota sobre el papá que sí es más responsable

Una sección más difícil. Algunos lectores de este artículo lo están leyendo sabiendo que, si son honestos consigo mismos, fueron más responsables de la separación que la otra casa. Tuvieron una aventura. Se fueron. Tomaron una serie de decisiones que terminaron el matrimonio. El esto es tu culpa del peque es, al menos en parte, cierto.

Los principios de este artículo siguen aplicando. Aun cuando cargues con más de la causa, el momento de dolor del peque no es el lugar para confesar, justificar ni corregir. El momento de dolor es sobre el sentimiento del peque, no sobre tu responsabilidad.

Lo que el artículo no hace es liberarte de la conversación más grande que sí tiene que llegar tarde o temprano. En algún punto, cuando el peque esté más grande, normalmente en la adolescencia, va a querer una explicación más completa de lo que pasó. Tiene derecho a la verdad, contada de acuerdo con su edad, de una manera que no haga de la otra casa el villano ni de ti el villano, pero que le dé un entendimiento con el que pueda trabajar sobre por qué cambió su familia.

Esa conversación no es el momento de la cocina. Llega después, en otro ánimo, quizá con ayuda de un terapeuta. El momento de la cocina es nomás: te escuché, no me estoy viniendo abajo, te quiero.

Para cerrar

El viernes, arriba. Tocaste la puerta. No te dijo que te fueras. Pasaste. Te sentaste en la orilla de la cama. Dijiste algo cercano a las frases de arriba. No te contestó gran cosa. Se volteó hacia la pared. Al rato estiró la mano para buscar la tuya. Se la sostuviste. Te quedaste unos minutos.

No corregiste nada. No te disculpaste por la separación. No prometiste que lo de las vacaciones iba a salir bien. Nomás te quedaste ahí hasta que su respiración se calmó.

Te fuiste al ratito. Cerraste la puerta como a él le gusta que quede, casi del todo pero no por completo. Volviste a la cocina. El folleto seguía en la barra. Lo guardaste en un cajón.

Van a platicar de las vacaciones mañana, con un ánimo más tranquilo. Hoy no es la noche para planear. Hoy era la noche para estar ahí.

Dentro de mucho tiempo, cuando tu peque sea grande, no se va a acordar de las vacaciones ni del folleto ni del plan que cambió. Va a tener un recuerdo más hondo: que tuvo permiso de estar enojado contigo a veces, y que el cariño no se fue cuando lo estuvo. Va a llevar esto a sus propias relaciones. Va a ser la pareja, el amigo, el papá o la mamá del futuro que sabe que el enojo y el cariño pueden convivir. Tú le vas a haber dado eso.

Se lo diste esta noche. Por no subir tras de él durante diez minutos. Por no defenderte. Por sentarte en la orilla de la cama y decir tres cosas cortas. Por sostenerle la mano.

La casa sostiene. Aun cuando la casa es un papá solo en una cocina con un folleto de vacaciones que no salió como se esperaba.

Esto es autoayuda, no consejo médico, psicológico ni legal, y no sustituye la ayuda de un profesional cualificado. Si tú o tu hijo o hija podéis estar en peligro, llama a los servicios de emergencia de tu zona.