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Módulo 14 · La vida emocional de tu hijo o hija

Quién es tu peque siendo hijo de una familia separada

By the dip team · Clinical consultant: Pauline Sam, MD ·

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Quién es tu peque siendo hijo de una familia separada

Versión en inglés · traducción en preparación

Este artículo aún está en inglés. La traducción al español está en preparación.

Quién es tu peque siendo hijo de una familia separada

Módulo 14 · La vida emocional de tu hijo · Artículo 11 · Wave 3 · 8-12 años y 13-17 años


En algún punto del camino, tu peque empieza a meter la separación dentro de la historia de quién es. No como un momento dramático y único, sino calladito, a lo largo de los años. El hecho de tener dos casas se vuelve parte de cómo se entiende a sí mismo, igual que su estatura, o el lugar donde creció, o el lugar que ocupa entre los hermanos. La pregunta con la que se queda este artículo es qué clase de parte llega a ser. ¿Una herida que lo define, o nomás una cosa cierta entre muchas otras de una persona completa?

La identidad no se queda fija en la infancia. Se va construyendo, despacito, a partir de las historias que un niño se cuenta sobre su propia vida, y esas historias van cambiando conforme crece. El hecho de venir de una familia separada significa algo distinto para tu peque a los ocho que a los doce que a los dieciséis. Entender cómo cambia, y cómo puedes influir con suavidad en esa historia sin escribírsela tú, es de lo que trata este texto.

Lo que significa a distintas edades

El mismo hecho, dos casas, cae sobre una identidad en formación de manera distinta según los años.

Alrededor de los ocho, lo de la familia separada es sobre todo concreto y externo. Es la logística de las dos casas, la mochila que hay que preparar, el calendario, el darse cuenta de que algunos amigos viven de otra forma. A los ocho años todavía no se hace mucha autodefinición abstracta alrededor de esto. Es más una circunstancia de su vida que un rasgo de su identidad. Saben que tienen dos casas igual que saben que tienen el pelo castaño. El trabajo a esta edad tiene que ver sobre todo con la textura práctica y emocional, que se cubre a lo largo de este módulo, más que con la identidad en el sentido profundo.

Alrededor de los doce, empieza a volverse más interno y más reflexivo. El preadolescente está desarrollando la capacidad de pensar en sí mismo de forma abstracta, de comparar su vida con cierta idea de cómo se supone que van las vidas, de armar una narrativa. Aquí el hecho de la familia separada puede tomar más peso como pieza de su autodefinición. A los doce, tu peque podría empezar a pensarse como un niño que viene de un hogar roto, o como un niño cuyos papás se separaron, de una manera mucho más cargada que el simple y tranquilo dos casas de cuando tenía ocho. Esta es la edad en la que más importa la historia que se está contando sobre la separación, porque tu peque está construyendo activamente esa historia dentro de quién es.

Alrededor de los dieciséis, se vuelve parte de una identidad más completa, más propia, y muchas veces más matizada. Tu adolescente, con más alcance cognitivo y emocional, puede sostener la separación como una parte de un yo complejo. Puede verla con cierta perspectiva, a veces con una claridad que le costó conseguir, a veces con un dolor que sigue ahí, a veces con una madurez que sus amigos de familias no separadas no han tenido motivo para desarrollar. Para esta edad, muchos jóvenes ya han integrado el hecho de una forma que es genuinamente suya, ni negada ni dejada definir todo. Qué tan bien sale esa integración depende muchísimo de los años de construcción de historia que vinieron antes.

La identidad es una historia, y las historias se pueden contar bien

La idea clave aquí es que la identidad es, en buena medida, una historia que una persona se cuenta sobre su propia vida, y las historias tienen encuadres. El mismo conjunto de hechos se puede contar como una historia de daño o como una historia de una vida completa que incluyó algo difícil. Tu peque va a ser el autor de su propia historia, cada vez más conforme crece, pero en los primeros años y en los de en medio, tú tienes una influencia real sobre el encuadre con el que arranca.

Piensa en dos historias armadas con hechos idénticos. Una. Mis papás se separaron. Mi familia se rompió. Soy un niño que viene de un hogar roto, y eso es algo triste. Dos. Mis papás ahora viven aparte. Tengo dos casas y gente que me quiere en las dos. Fue difícil, y salimos adelante. Los mismos hechos. Identidades profundamente distintas para cargar. La primera convierte la separación en la herida que lo define. La segunda la convierte en un capítulo cierto, difícil e integrado dentro de la historia de una persona completa.

No puedes dictar cuál historia adopta tu peque, y un niño se da cuenta de una narrativa positiva forzada tan rápido como absorbe una desesperanzada. Pero influyes con fuerza a través del encuadre que modelas, del lenguaje que usas, de la manera en que sostienes la forma de la familia. Quien trata a la familia como rota cría a un niño con más probabilidades de cargar la identidad de hogar roto. Quien trata a la familia como algo que cambió de forma, que es real y completo, le da al niño los materiales para la segunda historia. No insistiendo, sino viviendo el encuadre, de forma constante, a lo largo de los años.

No dejar que se vuelva toda la identidad

Vale la pena nombrar un riesgo en concreto: que la separación se vuelva el rasgo dominante de cómo se concibe a sí mismo tu peque, opacando todo lo demás que es.

Un niño es muchas cosas. Una persona con intereses, talentos, amistades, sentido del humor, un futuro, una personalidad por completo suya. El hecho de la familia separada es un hilo entre todos esos. El riesgo, sobre todo si los adultos alrededor del niño se enfocan de más en él, es que crezca de un hilo a toda la tela, que el niño llegue a verse principalmente a través del lente de la separación de sus papás en vez de como una persona completa que resulta tener dos casas.

Te cuidas de esto en parte no haciendo de la separación el tema constante. Sí, le haces espacio a los sentimientos, te mantienes disponible, no minimizas las partes difíciles, todo lo cual cubre este módulo. Pero también dejas que tu peque sea un niño completo, la mayor parte del tiempo, ocupado con el asunto ordinario de ir creciendo, con sus intereses y sus amistades y las cosas que lo encienden. La separación es algo que atiendes cuando hace falta atenderlo, no un marco permanente alrededor de todo. Un niño al que cada dificultad se le rastrea de vuelta a la separación aprende a verse definido por ella. Un niño cuya separación es una parte reconocida de una vida completa aprende a verse como una persona completa.

La meta es la integración, no el borrado. No estás tratando de hacer que la separación desaparezca de su identidad, lo cual no sería honesto ni sano. Le estás ayudando a que tome su lugar proporcional justo, un hilo real e importante, tejido dentro de un todo mucho más grande, en vez de ser el único color con el que se tiñe la cosa entera.

La narrativa que ayudas a contar

En la práctica, influyes en la historia de identidad de tu peque de unas cuantas maneras continuas.

El lenguaje que usas sobre la familia. Que cambió de forma, no que se rompió. Dos casas, no los escombros de una. Gente que lo quiere en las dos partes. Las palabras a las que tú echas mano se vuelven las palabras a las que él echa mano.

La manera en que sostienes las partes difíciles. Reconocidas con honestidad, ni negadas ni rumiadas sin fin. Un niño aprende que las cosas difíciles pueden ser reales y también sobrellevables, que una dificultad puede ser parte de una historia sin ser la historia entera.

La plenitud a la que le haces espacio. Dejar que tu peque sea todo lo demás que es, la mayor parte del tiempo, para que la separación siga siendo un hilo y no la tela completa.

Y la firmeza por debajo de todo. Más que cualquier encuadre, la presencia confiable y amorosa de las personas en la vida de tu peque es lo que construye una identidad capaz de sostener un capítulo difícil sin quedar definida por él. La historia aterriza como algo sobrellevable porque, de hecho, se sobrellevó, con gente firme al lado.

Con los años, tu peque toma por completo las riendas de la autoría. La historia se vuelve del todo suya para contarla. Pero el encuadre con el que arranca, los materiales que le pasas en los primeros años y en los de en medio, le dan forma a la historia que construye. Pásale los materiales para una vida completa que incluyó algo difícil, en vez de una herida que lo definió.

La frase que te llevas

Tu peque va metiendo el hecho de la familia separada dentro de su identidad despacito, y significa algo distinto a los ocho, a los doce, a los dieciséis. La identidad es, en buena medida, una historia, y los mismos hechos se pueden contar como una herida que define o como un capítulo cierto, difícil e integrado dentro de una vida completa. No puedes dictar la historia, pero influyes con fuerza en su encuadre a través de tu lenguaje, de la manera en que sostienes las partes difíciles y de la plenitud a la que le haces espacio. La meta es la integración, no el borrado, que la separación tome su lugar proporcional justo dentro de un todo mucho más grande.

Al final, tu peque va a contar su propia historia. Los materiales que le das ahora son aquello con lo que la construye.

Pásale a tu peque los ingredientes de una vida completa que incluyó algo difícil, no una herida con una persona pegada. El resto lo escribe solo.

Esto es autoayuda, no consejo médico, psicológico ni legal, y no sustituye la ayuda de un profesional cualificado. Si tú o tu hijo o hija podéis estar en peligro, llama a los servicios de emergencia de tu zona.