Cuando las reglas de los abuelos entran a la mezcla
By the dip team · Clinical consultant: Pauline Sam, MD ·

Versión en inglés · traducción en preparación
Este artículo aún está en inglés. La traducción al español está en preparación.
Cuando las reglas de los abuelos entran a la mezcla
Módulo 15 · Disciplina, reglas y valores · Artículo 10 · Wave 3 · todas las edades
Ya no son nada más dos casas. Tu peque pasa los martes y uno que otro fin de semana en casa de los abuelos, donde las galletas no se acaban, la hora de dormir es puro rumor y el "no" parece que ahí no aplica. A lo mejor son tus papás, a lo mejor los de la otra casa, a lo mejor los dos juegos de abuelos por turnos. Sea como sea que esté armada la ayuda, tu peque ya no se mueve entre dos juegos de reglas, sino entre tres o cuatro, y el de los abuelos casi siempre es el más relajado de todos.
Para muchísimas familias separadas, los abuelos son indispensables. Dan cuidado, estabilidad, un lugar suavecito donde caer, y esa sensación de familia grande que le importa muchísimo a un peque cuya familia más cercana acaba de cambiar de forma. Son una parte central de la Aldea, esa red más amplia de personas que cuidan a un niño. Y casi siempre manejan reglas más sueltas que las de los papás, lo cual levanta la misma pregunta entre casas que recorre todo este módulo, pero con un giro generacional extra.
El principio. Las reglas relajadas de un abuelo son, en la gran mayoría de los casos, completamente sanas e incluso valiosas, parte de lo que hace que la casa de los abuelos sea ese lugar especial que es. Los niños acomodan el juego de reglas de los abuelos dentro de su cambio de registro igual que manejan dos casas de papás. La excepción rara, cuando un abuelo de plano trabaja en contra de la autoridad de un papá o una mamá, es la única parte que sí pide atención de verdad.
El tercer y cuarto juego de reglas
A estas alturas, la lógica de fondo de este módulo ya debería sonarte conocida. Los niños sostienen varios juegos de reglas en distintos contextos sin que les haga daño. La casa de los abuelos es simplemente otro contexto, y los niños lo leen tal cual es. Saben que la casa de la abuela significa dulces de más y hora de dormir más tarde, igual que saben que la escuela tiene sus reglas y la casa tiene las suyas. El régimen relajado de los abuelos no los confunde ni deshace las reglas de los papás. Queda archivado bajo "casa de la abuela", una categoría especial con su propia lógica feliz.
Esto, de hecho, es parte del trato de siempre de ser abuelo. Los abuelos consienten. Siempre lo han hecho. Los dulces tantito de más, el desvelarse un poquito, el sí donde un papá diría no, son casi la definición de para qué sirve un abuelo. Un peque que tiene la casa de un abuelo como un lugar de calidez y consentimiento amoroso es un peque con suerte, y rara vez ese consentir es la amenaza que los papás temen por un momentito. El peque regresa a casa, vuelve a leer las reglas de la casa y se reacomoda, con quizá un día probando si el régimen de los abuelos alcanzará a colarse. No alcanza, tú sostienes las reglas de tu casa, y la vida sigue.
Así que la postura por default frente al consentimiento de los abuelos es relajada. Deja que la casa de la abuela sea la casa de la abuela. Las galletas sin límite no están erosionando tu manera de criar. Son una de las cosas buenas de tener una casa de la abuela, para empezar.
Sostén tu casa, deja que la suya sea la suya
El movimiento, otra vez, es sostener las reglas de tu propia casa y no tratar de imponerlas en la casa de los abuelos. En casa de la abuela, las cosas son distintas. Aquí lo hacemos así. La misma vuelta a casa con calma que harías después de la otra casa funciona después de la casa de los abuelos.
Tratar de que los abuelos manejen tu régimen exacto casi siempre falla y cuesta más de lo que vale. Los abuelos ya criaron hijos, tienen sus propias ideas bien firmes y te están haciendo un servicio real con el cuidado. Estarles supervisando cada galleta tensa una relación de la que dependes, por algo que en realidad no es para tanto. Elige la relación por encima del conteo de galletas. Casi siempre, ese es el cambio correcto.
Lo único que sí vale la pena comunicarles claro a los abuelos es cualquier cosa que de verdad importe: una alergia real, un horario de medicamentos, un tema de seguridad, algo por lo que esté pasando el peque y que necesiten manejar de forma pareja. Eso no son preguntas de consentimiento, son el piso mínimo, y los abuelos por lo general se lo toman en serio una vez que entienden que está en esa categoría y no en la de las galletas. Distingue, en lo que tú les pides, entre las cosas que de verdad importan y las cosas que nada más no las harías tú así. Sostén la línea en las primeras, suelta las segundas.
Cuando un abuelo socava a un papá o una mamá
El único patrón que sí pide atención de verdad es distinto del consentimiento. Es cuando un abuelo activamente trabaja en contra de la autoridad de un papá o una mamá. El abuelo que le dice al peque que la regla de su papá es una tontería. Que contradice una decisión del papá enfrente del peque. Que critica al papá delante del niño, o que trata al papá como si todavía fuera un niño él mismo, pasándole por encima en su propia crianza.
Esta es la versión abuela de la trampa de socavar, y carga el mismo daño que cuando la otra casa socava. Le enseña al peque que la autoridad de su papá no es firme, que se puede apelar por encima de su cabeza, y desestabiliza el lugar que ese papá ocupa a los ojos del peque. Cuando quien lo hace es un abuelo, hay un ardor extra, porque a ese papá lo está socavando su propio papá o mamá, muchas veces dentro de una dinámica que tiene décadas.
Esto sí lo atiendes. No a través del peque, y no en el calor del momento enfrente de él, sino directo con el abuelo, de adulto a adulto. El encuadre es tu autoridad como mamá o papá, sostenida con cariño pero con claridad. Sé que lo haces con buena intención, y me encanta que estés tan presente. Necesito que apoyes mis reglas frente a los niños, aunque tú lo harías diferente. Las diferencias las podemos platicar, nada más no enfrente de ellos. Para muchos abuelos, que de verdad no veían como socavar ese pasarse por encima desde el consentimiento, esto aterriza y acomoda las cosas. Para un abuelo clavado en tratar a su hijo adulto como si no fuera del todo un papá de verdad, es una conversación más difícil y más larga, y una que vale la pena tener por el bien del peque y por el tuyo.
La distinción se sostiene en todo. El consentimiento, los dulces y los desvelos, está bien y lo dejas pasar. Socavar, trabajar activamente en contra de tu autoridad, no, y eso lo atiendes de adulto a adulto. Casi todo lo suelto de los abuelos es lo primero. Solo lo segundo pide la conversación difícil.
Los abuelos como la Aldea
Da un paso atrás y el cuadro completo es bueno. Un peque con abuelos presentes tiene más adultos que lo quieren, más estabilidad, más lugares a los que pertenece, una Aldea más rica a su alrededor. Para un niño cuya familia pasó por una separación, esa red más amplia lo protege. Los abuelos que dan el cuidado del martes y el fin de semana de consentir están sosteniendo firme una parte del mundo del peque mientras otras partes se movían.
Ese valor vale muchísimo más que el costo de unas galletas de más y una hora de dormir suelta. El encuadre que conviene sostener es agradecimiento por la Aldea, las reglas de tu casa sostenidas con firmeza dentro de ella, y una línea clara solo en el raro caso de socavar. Dentro de ese encuadre, las reglas de los abuelos en la mezcla no son un problema que resolver. Son una de las mejores cosas que una familia separada puede tener.
La frase que te llevas
Los abuelos suman un tercer y cuarto juego de reglas, casi siempre el más relajado, y los niños lo acomodan en su cambio de registro con toda facilidad. El consentimiento está bien, muchas veces es valioso, y rara vez es la amenaza que por un momentito parece, así que lo de default es sostener las reglas de tu casa y dejar que la casa de la abuela sea la casa de la abuela. Reserva la conversación de verdad para cuando de verdad socaven tu autoridad, manejada de adulto a adulto, lejos del peque. Y no pierdas de vista la verdad más grande: que tener abuelos presentes es un regalo para un peque que está reconstruyendo su sentido de familia.
Las galletas sin límite no son el problema. Un abuelo que respalda tu autoridad mientras consiente a tu peque de cabo a rabo es exactamente lo que un abuelo debería ser.
Deja que la casa de la abuela sea la casa de la abuela. Guarda la conversación de verdad para ese raro momento en que el consentimiento se vuelve socavar.
Esto es autoayuda, no consejo médico, psicológico ni legal, y no sustituye la ayuda de un profesional cualificado. Si tú o tu hijo o hija podéis estar en peligro, llama a los servicios de emergencia de tu zona.